¿En quién confiar?
Por Lic. Byron Barrera Ortiz
Mucho se está hablando ahora de una posible tercera fuerza que vendría a romper la polarización que crean las candidaturas de la UNE y el Partido Patriota, a través de algunos de los personajes más activos en el escenario preelectoral del año 2011. Cuando se habla de una alternativa diferente, de inmediato surgen los nombres de Eduardo Suger, Nineth Montenegro, Harold Caballeros, Juan Gutiérrez o Manuel Baldizón. Y efectivamente es posible en todos los esquemas bipolares plantearse una tercera opción que pueda irrumpir de sorpresa, pero esto no sucederá por arte de magia, ni por una simple operación matemática ni solo por la soberana voluntad de los electores.
El voto siempre responde a un motivo que por lo general depende de la inversión. En política cada voto cuesta dinero, al menos en el esquema de representación al que estamos acostumbrados.
Por esto, el surgimiento de una potencial candidatura que crezca y supere a los dos grandes contendientes, que por ahora son la UNE y el Partido Patriota, dependerá fundamentalmente de la estrategia que sigan los grupos de poder económico, al final de cuentas, los que raras veces fallan. Un hecho fortuito es casi imposible. Digo: casi. Uno de los pocos casos en que se produjo un error en la determinación de estos grupos fue en 1990, cuando los resultados electorales le dieron el triunfo a Jorge Serrano Elías, desbaratando la estrategia del entonces influyente factor económico, que había apostado por Jorge Carpio y Manuel Ayau.
Pero este fracaso sentó las bases del golpe de Estado de 1993, que luego facilitó la recaptura del Estado y los consiguientes negocios y privilegios fiscales realizados en los siguientes años a favor de las cúpulas económicas, o supercúpulas, como se les llamó en tiempos del gobierno de Alfonso Portillo. Cabalmente, la segunda quiebra electoral se habría producido con el triunfo del Frente Republicano Guatemalteco, el FRG, en 1999, cuando se intentó reivindicar la soberanía del Estado por encima de cualquier grupo.
Serrano y Portillo padecen hoy las consecuencias de haber intentado ejercer la acción de gobernar con cierto nivel de autonomía política del poder real. El primero está en Panamá, en el exilio, y el segundo guarda prisión. A ninguno se le ha vencido en proceso formal.
Preguntamos: ¿Se puede aceptar dinero para hacer campaña política y ganar el gobierno en elecciones “libres”, sin comprometer la soberanía del Estado? El entrecomillado es intencional, pues se cree que el voto es libre pero esto no es tan cierto. Cada cuatro años votamos por los candidatos que son presentados por los partidos políticos y esos candidatos son elegidos con base en un precio. Esos candidatos son inamovibles. Para que un presidente sea electo éste necesita por lo menos cien millones de quetzales. ¿Quién va a darle esos cien millones? No van a ser los desempleados, ni los campesinos ni la gente que vive en las áreas marginales. Son los grandes grupos influyentes económicamente. ¿Y por qué ellos dan ese dinero? Para que al llegar al Gobierno y al Congreso se aprueben las leyes que les beneficien y no aprobar leyes que les perjudiquen. Para que las políticas públicas no les afecten. Para apropiarse de los contratos del Estado. Esta es la realidad fatal de la política, tal cual la vivimos actualmente.
Romper este paradigma es el gran dilema del sistema democrático. A veces soñamos con alguien que nos va a sacar del hastío actual y va a beneficiar al país con políticas sociales que reduzcan el desempleo y reformen el sistema de salud y devuelvan al Estado la rectoría en la educación, generando bienestar y autoestima en la población marginada del sistema. Ojala eso fuera una realidad y una tercera fuerza viniera a representar estos ideales e intereses, pero entendiendo la política y la realidad guatemalteca como son, lo más probable es que una tercera opción solo sea posible mediante una gran inversión de dinero que asegure el triunfo, al final de cuentas, de alguien que, igual, ya comprometió su independencia para gobernar.
Si ese paradigma se puede romper, debería haber alguien para demostrarlo













